La caída de Kodak: la empresa que inventó la cámara digital y no supo usarla
En 1975 crearon su propio verdugo y lo guardaron en un cajón
Autor: Johan Caballero
5/19/20268 min read


Había una vez una empresa que dominaba el mundo.
No es metáfora. Kodak, en su época dorada, controlaba el 90% del mercado de películas fotográficas en Estados Unidos y el 85% de las cámaras. Era tan poderosa que su nombre se convirtió en sinónimo de recuerdo: la gente no decía "tómate una foto", decía "dame un Kodak moment". Esa clase de posicionamiento no se compra con marketing. Se construye en décadas.
Y aun así, quebró.
Lo que hace que la historia de Kodak sea tan fascinante —y tan dolorosa de analizar— no es que una empresa grande haya caído. Es que cayó a manos de una tecnología que ella misma inventó. En 1975, un ingeniero de 24 años llamado Steven Sasson construyó dentro de los laboratorios de Kodak el primer prototipo de cámara digital del mundo. Pesaba casi cuatro kilos, tardaba 23 segundos en capturar una imagen en blanco y negro, y la almacenaba en una cinta de cassette. Era torpe, enorme y lenta. También era el futuro.
Los directivos la miraron, asintieron educadamente y dijeron algo que resumiría el principio del fin: "Bonito juguete. Pero no le cuentes esto a nadie."
Y así lo guardaron en un cajón.


El Imperio del Rollo
Para entender por qué Kodak tomó esa decisión —y por qué tiene cierta lógica perversa— hay que entender cuánto dinero generaba el modelo de negocio de las películas fotográficas.
Kodak no ganaba dinero principalmente vendiendo cámaras. Las cámaras eran casi el anzuelo. El verdadero negocio era el rollo de película. Cada foto que tomabas requería una película Kodak. Cada película necesitaba ser revelada. Cada revelado pasaba por laboratorios que, en muchos casos, también dependían de insumos Kodak. Era un ciclo perfecto, cerrado y extraordinariamente rentable.
A mediados de los años setenta, Kodak generaba márgenes de ganancia de entre el 60 y el 70% en sus películas. Ese número no es un typo. Hablamos de uno de los modelos de negocio más lucrativos de la historia corporativa moderna. Cuando tienes ese nivel de rentabilidad, cualquier tecnología que amenace el consumo de rollos no es una oportunidad: es una amenaza existencial.
La cámara digital no requería películas. No requería revelado. No requería nada de lo que Kodak vendía después de la cámara. Desde el punto de vista financiero de corto plazo, adoptarla significaba destruirse a uno mismo.
Eso es lo que los economistas llaman el dilema del innovador, un concepto que Clayton Christensen desarrollaría décadas después en su libro de 1997, y que describe exactamente lo que le pasó a Kodak: las empresas exitosas fallan no por incompetencia, sino porque son demasiado buenas protegiendo lo que ya funciona.
Steven Sasson y el invento que nadie quería
Steven Sasson no era un visionario excéntrico contratado para pensar en el futuro. Era un ingeniero eléctrico recién graduado al que simplemente le asignaron un proyecto experimental: ver si era posible construir una cámara usando un sensor de imagen de estado sólido.
Trabajó en el prototipo durante más de un año. Cuando lo terminó, lo llevó frente a los ejecutivos de Kodak. La presentación no fue bien recibida.
Sasson recordó en una entrevista con The New York Times en 2008 que las preguntas que le hicieron giraban todas alrededor del mismo tema: "¿Cuándo crees que esto podría ser una amenaza para nuestro negocio de películas?" No preguntaron cuándo podría ser una oportunidad. Preguntaron cuándo sería una amenaza. La diferencia en la elección de palabras lo dice todo.
La respuesta de Sasson fue honesta: calculaba que tomaría entre 15 y 20 años para que la tecnología llegara al consumidor masivo. Para los ejecutivos de los setenta, eso equivalía a "nunca". Archivaron el proyecto, lo clasificaron como confidencial, y siguieron vendiendo rollos.
Lo que Kodak no calculó es que ese tiempo de 15 a 20 años no era tiempo libre. Era el tiempo que otros necesitarían para desarrollar lo mismo sin la ventaja que ellos ya tenían.
Las décadas perdidas
Lo más sorprendente de la historia de Kodak no es el momento en que ignoraron la cámara digital. Es lo que hicieron durante las dos décadas siguientes.
Kodak no fue completamente ciega al cambio. De hecho, entre los años 80 y 90, invirtió miles de millones de dólares en tecnología digital. Llegó a tener uno de los departamentos de I+D más grandes de la industria. En 1991 lanzó al mercado una de las primeras cámaras digitales profesionales, la DCS 100, construida en colaboración con Nikon. En 1994 lanzó el PhotoCD, un sistema para digitalizar fotografías en disco. En 1999, a punto de entrar en el nuevo milenio, Kodak llegó a ser la quinta marca más valiosa del mundo.
Pero había un problema de fondo que ninguna inversión lograba resolver: cada vez que Kodak se acercaba demasiado al mundo digital, sus propios gerentes de ventas de película y revelado frenaban el avance internamente. La organización estaba estructurada para proteger el pasado, no para construir el futuro.
Era como querer correr una maratón con los pies atados a un bloque de cemento que tú mismo habías construido. Podías ver la meta. Podías querer llegar. Pero el peso de tu propio éxito anterior no te dejaba moverse lo suficientemente rápido.
Mientras tanto, Sony, Canon, Nikon y luego una empresa japonesa llamada Fujifilm estaban construyendo sus propias respuestas al mundo digital. Sin el lastre de los ingresos por película, podían moverse con una velocidad que Kodak, institucionalmente, era incapaz de igualar.
El punto de no retorno
El año 2000 fue simbólicamente el momento en que el mundo cruzó una línea. Las cámaras digitales comenzaron a venderse masivamente. Los precios bajaron. La calidad subió. Y la pregunta que Kodak había estado ignorando durante un cuarto de siglo se volvió urgente e imposible de evadir: ¿qué hacemos ahora?
Para entonces, la empresa tenía 145.000 empleados. Una deuda acumulada enorme. Una infraestructura construida sobre el mundo del revelado y los rollos. Y una cultura organizacional que había pasado tres décadas premiando a quienes protegían el modelo de negocio existente.
Intentaron adaptarse. Lanzaron cámaras digitales propias. Crearon servicios de impresión en línea. Apostaron por quioscos de impresión fotográfica en tiendas minoristas. Algunas de estas iniciativas tuvieron éxito temporal. Pero ninguna reemplazó el volumen de ingresos que el negocio de película había generado en su apogeo.
En 2004, Kodak anunció que dejaría de vender cámaras de película en mercados occidentales. En 2012, después de 132 años de historia, se declaró en bancarrota bajo el Capítulo 11.
El mismo año en que Instagram —una app de fotografía con doce empleados— fue vendida a Facebook por mil millones de dólares.
La ironía histórica no podría ser más brutal.
¿Qué lecciones reales deja Kodak?
Es tentador resumir la historia de Kodak con una moraleja simple: "no ignores la innovación." Pero eso es demasiado superficial. La realidad es más compleja y más útil.
1. El éxito pasado es el enemigo más peligroso del futuro. Kodak no falló por ignorancia. Falló porque era demasiado buena en lo que hacía. Cuando tienes márgenes del 70%, cualquier nueva línea de negocio se ve insignificante. La trampa no es no ver el futuro; es no poder justificar financieramente ir hacia él cuando el presente sigue siendo tan rentable.
2. Inventar no es suficiente. Hay que atreverse a destruir tu propio modelo. Kodak inventó la cámara digital. Amazon inventó el libro digital con el Kindle sabiendo que destruiría parte de sus ventas de libros físicos. La diferencia no estuvo en la capacidad de innovar; estuvo en la disposición de canibalizar el negocio propio antes de que otro lo hiciera.
3. La cultura organizacional mata más empresas que la competencia. Kodak tenía el dinero, el talento y la tecnología. Le faltó una organización dispuesta a reorganizarse alrededor de una nueva realidad. Cuando una empresa estructura sus incentivos para proteger el pasado, sus mejores talentos, eventualmente, van a construir el futuro en otro lado.
4. El tiempo que "aún falta" no te pertenece. Cuando Sasson dijo "queda entre 15 y 20 años", los ejecutivos oyeron "hay tiempo". Pero ese tiempo no era de Kodak: era de sus competidores. El tiempo que tienes antes de que una tecnología disruptiva llegue al mercado masivo no es una pausa cómoda; es tu única ventana para liderarla.


El final que no fue total
Kodak no desapareció del todo. Salió de bancarrota en 2013, reducida, transformada, distinta. Hoy opera principalmente en soluciones de impresión y embalaje para empresas. Es rentable a pequeña escala. Sobrevivió.
Pero sobrevivir no es lo mismo que ganar. Y hay una diferencia enorme entre ser la empresa que cambió cómo el mundo guarda sus recuerdos, y ser una compañía de embalaje industrial que alguna vez fue Kodak.
Steven Sasson, el hombre que construyó la primera cámara digital dentro de sus laboratorios, recibió en 2009 la Medalla Nacional de Tecnología e Innovación de manos del presidente Barack Obama. El reconocimiento fue merecido y justo.
Aunque llegó 34 años tarde, y de parte del gobierno de un país, no de la empresa que tuvo el invento y decidió ignorarlo.
Reflexión final
Cada vez que escucho la historia de Kodak, pienso en las reuniones de hoy. En los ejecutivos de empresas exitosas que miran una tecnología emergente con la misma mezcla de escepticismo y miedo que aquellos directivos de los años setenta. En los ingenieros jóvenes que llevan ideas al interior de organizaciones que tienen demasiado que perder para escucharlas.
La pregunta que Kodak debería haberse hecho en 1975 no era "¿cuándo nos va a amenazar esto?" sino "¿qué pasa si somos nosotros los que lo construimos antes que nadie?"
Ya tenían la respuesta en sus manos. Pesaba cuatro kilos y tardaba 23 segundos en tomar una foto.
La guardaron en un cajón.
Y el mundo siguió adelante sin ellos.
Referencias
Christensen, C. M. (1997). The Innovator's Dilemma: When New Technologies Cause Great Firms to Fail. Harvard Business School Press.
Estrin, J. (2008, noviembre 12). Kodak's First Digital Moment. The New York Times Lens Blog. Recuperado de nytimes.com
Lucas, H. C., & Goh, J. M. (2009). Disruptive technology: How Kodak missed the digital photography revolution. The Journal of Strategic Information Systems, 18(1), 46–55.
Anthony, S. D. (2016, julio 15). Kodak's Downfall Wasn't About Technology. Harvard Business Review. Recuperado de hbr.org
Mui, C. (2012, enero 18). How Kodak Failed. Forbes Magazine. Recuperado de forbes.com
Gavetti, G., Henderson, R., & Giorgi, S. (2005). Kodak and the Digital Revolution (A). Harvard Business School Case 705-448.
King, A. A., & Baatartogtokh, B. (2015). How useful is the theory of disruptive innovation? MIT Sloan Management Review, 57(1), 77–90.
Reuters. (2012, enero 19). Kodak files for bankruptcy protection. Reuters News Agency.
Sasson, S. (2007). We Had No Idea. Conferencia interna referenciada en múltiples publicaciones académicas y periodísticas posteriores.
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