La historia de Melanie Perkins: de rechazada por 100 inversores a construir Canva
Enseñaba diseño en la universidad, vio que sus alumnos tardaban semanas en aprender Photoshop y decidió que tenía que existir algo mejor
Johan Caballero
6/11/20268 min read


Hay una pregunta que Melanie Perkins se hizo en 2007 y que cambió la industria del diseño.
Tenía diecinueve años, estudiaba en la Universidad de Western Australia y daba clases informales de diseño a sus compañeros para ganar dinero extra. Cada vez que un alumno nuevo se sentaba frente a Photoshop o InDesign por primera vez, ocurría lo mismo: confusión inmediata, frustración acumulada y semanas enteras antes de poder hacer algo remotamente útil.
Para crear un simple diseño de una página, un estudiante necesitaba dominar herramientas que Adobe había construido para profesionales con años de experiencia. Las barras de herramientas eran incomprensibles. Los menús tenían cientos de opciones. El software costaba cientos de dólares. Y todo el proceso de colaborar con alguien más implicaba enviarse archivos por correo, esperar, recibir una versión desactualizada y empezar de nuevo.
Perkins pensó: tiene que existir una manera más simple.
No existía. Así que decidió construirla.
La hija de una familia sin manual de emprendimiento
Melanie Perkins creció en Perth, Australia Occidental, en una familia de origen mixto: su madre era australiana, su padre era de Malasia. No había historia empresarial en la familia. No había capital de riesgo en el entorno. Perth es, geográficamente, una de las ciudades más aisladas del mundo: a más de dos mil kilómetros de la siguiente ciudad importante de Australia, y a decenas de miles de los centros de poder del capital tecnológico global.
Eso importa porque significa que todo lo que Perkins construyó lo hizo sin la red de contactos, la proximidad a los inversores y el ecosistema de apoyo que alguien en Silicon Valley da por descontado. Cada puerta que tocó la tocó desde el otro lado del planeta, sin conocer a nadie dentro y sin el apellido correcto para que alguien le abriera.
Desde los catorce años vendía bufandas tejidas a mano para tener su propio dinero. Era una chica que prefería resolver sus propios problemas antes que esperar a que alguien los resolviera por ella. Ese patrón no cambió.
Cuando tuvo la idea de Canva en 2007, no la guardó como un proyecto mental para algún día. La empezó a construir ese mismo año con los recursos que tenía: tiempo, energía y Cliff Obrecht, su novio y luego cofundador, que tenía exactamente el mismo nivel de recursos que ella.
El primer paso: Fusion Books
Antes de Canva existió Fusion Books, y Fusion Books es la razón por la que Canva existe.
La lógica de Perkins era la siguiente: si quiero construir una herramienta de diseño simplificada para todo el mundo, necesito primero demostrar que el concepto funciona en un contexto más pequeño y controlado.
Ese contexto fue el diseño de anuarios escolares.
Los colegios australianos encargaban sus anuarios a empresas especializadas que cobraban precios altos por un proceso lento y poco flexible. Perkins y Obrecht construyeron una plataforma online donde los propios estudiantes y profesores podían diseñar sus anuarios usando plantillas simples, arrastrar fotos, cambiar textos y ordenar la impresión directamente desde el navegador.
Era, en miniatura, exactamente lo que sería Canva años después: diseño accesible, sin conocimientos técnicos, colaborativo y disponible desde cualquier computadora.
Fusion Books funcionó. Llegó a ser la empresa de anuarios escolares más grande de Australia. Generaba ingresos reales. Tenía clientes reales que pagaban. Y le demostró a Perkins que su apuesta central era sólida: la gente quería diseñar cosas, podía aprender en minutos si la herramienta era lo suficientemente intuitiva y pagaría por esa simpleza.
Con esa prueba en la mano, fue a buscar inversión para construir la versión grande.


Los cien rechazos que no la detuvieron
Perkins viajó a San Francisco para reunirse con inversores de capital de riesgo. Las reuniones eran difíciles de conseguir y difíciles de sostener. El ecosistema de Silicon Valley en 2010 y 2011 no tenía particular interés en una joven australiana de veintitrés años con una empresa de anuarios escolares que quería rediseñar desde cero el mercado de las herramientas creativas.
Los rechazos se acumularon. Diez. Veinte. Cincuenta. Cien.
Las razones variaban en la forma pero convergían en el fondo: el mercado no era suficientemente grande, la competencia con Adobe era suicida, el producto no estaba listo, el equipo no tenía experiencia suficiente. Cada inversor tenía su versión del mismo argumento: esto no va a funcionar.
Perkins escuchaba, agradecía y buscaba la siguiente reunión.
Hay un episodio de esa época que ella misma ha contado en varias entrevistas y que ilustra tanto la dificultad del proceso como su disposición a hacer lo que fuera necesario. Para conseguir una reunión con Bill Tai, uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley con conexiones profundas en el mundo del diseño y la tecnología, Perkins aprendió a hacer kitesurf.
Tai organizaba eventos de kitesurf en los que reunía a emprendedores e inversores en un entorno informal. Si querías acceso a su red, ayudaba estar en el agua. Perkins no sabía hacer kitesurf. Fue, aprendió y fue a los eventos.
Es la historia de alguien que entendió que el acceso a las personas correctas no siempre viene por la puerta principal, y que a veces hay que construir el contexto en que esa conversación puede ocurrir.
El inversor que cambió todo: la conexión a través de Lars Rasmussen
La reunión con Bill Tai finalmente ocurrió. Tai no invirtió de inmediato, pero hizo algo que resultó más valioso: la conectó con las personas correctas dentro de su red.
Una de esas conexiones fue Lars Rasmussen, el cofundador de Google Maps. Rasmussen quedó impresionado con la visión de Perkins, se convirtió en asesor del proyecto y abrió puertas que desde Perth eran simplemente inaccesibles.
La cadena de conexiones que siguió llevó eventualmente a MH Ventures y luego, en 2013, a la inversión que cambió el rumbo: Matrix Partners entró en una ronda semilla que le dio a Canva el capital suficiente para contratar equipo técnico de primer nivel y construir el producto completo.
Cameron Adams, ex ingeniero de Google, se unió como tercer cofundador. Fue él quien tradujo la visión de Perkins en arquitectura técnica: una plataforma que funcionara completamente en el navegador, sin instalaciones, sin archivos adjuntos, con colaboración en tiempo real.
Canva se lanzó públicamente en agosto de 2013. En las primeras veinticuatro horas, cincuenta mil personas crearon una cuenta.
No fue suerte. Era demanda reprimida buscando exactamente lo que Perkins había construido.




Lo que construyó Canva que Adobe nunca quiso construir
La intuición central de Perkins no era tecnológica. Era antropológica.
Adobe construyó sus herramientas para diseñadores profesionales que necesitaban control total sobre cada píxel. Era software que asumía que el usuario tenía formación, tiempo y disposición para aprender un sistema complejo a cambio de un poder creativo ilimitado.
Perkins construyó para todos los demás: el dueño de una pequeña empresa que necesita un flyer para mañana. La estudiante que tiene que entregar una presentación en dos horas. El community manager que publica en redes sociales todos los días. El profesor que quiere un material visual sin saber nada de diseño.
Ese mercado era órdenes de magnitud más grande que el mercado de diseñadores profesionales. Y estaba completamente desatendido porque las empresas establecidas lo miraban con desdén, no con curiosidad.
La decisión de hacer Canva gratuito con opción premium fue la más debatida internamente y, a la postre, la más correcta. Bajó la barrera de entrada a cero. Cualquier persona con conexión a internet podía entrar, crear algo en minutos y entender de manera inmediata el valor de la herramienta. La conversión a la versión de pago llegaba de manera natural cuando el usuario necesitaba funciones avanzadas o acceso a más recursos.
Hoy Canva tiene más de ciento ochenta millones de usuarios en ciento noventa países. Genera más de dos mil millones de dólares anuales en ingresos. Su valoración en la última ronda superó los veintiséis mil millones de dólares.
Melanie Perkins tiene treinta y nueve años —cuando esto se publica— y es la empresaria tecnológica más joven en llegar a esa valoración en la historia de Australia.
Lo que Melanie Perkins le enseña al emprendedor de hoy
1. El mejor laboratorio para una idea grande es una versión pequeña que ya funciona. Fusion Books no era Canva. Era la prueba de que el concepto central era válido. Antes de buscar inversión para la visión grande, Perkins demostró que podía ejecutar la versión pequeña. Eso transformó una idea en evidencia.
2. El mercado ignorado por los líderes de la industria suele ser el mercado más grande. Adobe ignoró a los no diseñadores porque no era su cliente objetivo. Perkins los puso en el centro porque eran los únicos que no tenían solución. Busca el segmento al que el líder de tu industria mira hacia abajo. Ahí suele estar el espacio más grande.
3. Cien rechazos no es una señal para parar. Es el precio de entrada a ciertos mercados. Ninguno de los cien inversores que rechazó a Perkins conocía el futuro. Tenían sesgos, modelos mentales construidos sobre lo que ya existía y criterios diseñados para evaluar lo conocido. Si tu idea es genuinamente nueva, los primeros en verla van a rechazarla casi por definición.
4. El acceso se construye, no se espera. Perkins aprendió kitesurf para estar en los mismos espacios que los inversores que necesitaba conocer. Eso no es deshonesto. Es entender que las oportunidades no llegan solas y que a veces hay que crear las condiciones para que ocurran.
5. Simplicidad no es falta de ambición. Es la forma más difícil de la excelencia. Hacer que algo complejo parezca simple es técnicamente mucho más difícil que hacer algo complejo. Canva parece fácil porque Perkins y su equipo resolvieron problemas enormes de arquitectura, interfaz y experiencia de usuario que el usuario nunca ve. La invisibilidad del esfuerzo es el producto.
Reflexión final
Hay algo en la historia de Melanie Perkins que resulta especialmente honesto.
No era la persona con más recursos. No era la más conectada. No estaba en el lugar correcto geográficamente. No tenía el perfil que los inversores de Silicon Valley tenían en mente cuando imaginaban al fundador ideal de una empresa tecnológica de impacto global.
Tenía una observación simple: que sus alumnos tardaban semanas en aprender Photoshop para hacer cosas que deberían poder hacerse en minutos. Y tenía la terquedad suficiente para seguir creyendo en esa observación mientras cien personas distintas, con más experiencia y más dinero que ella, le explicaban por qué estaba equivocada.
La mayoría de las grandes ideas empresariales no nacen de análisis de mercado ni de reuniones de estrategia corporativa. Nacen de alguien que observa una fricción cotidiana que todos los demás han normalizado y decide que no tiene por qué ser así.
Perkins vio la fricción en una sala de clases en Perth.
Ciento ochenta millones de usuarios le dijeron que tenía razón.
Referencias Bibliográficas
Perkins, M. (2019). How I Built Canva After Being Rejected by 100 Investors. Entrevista en How I Built This, NPR.
Canva. (2023). Our Story: The Canva Origin and Mission. Canva Official Blog, canva.com.
Lunden, I. (2021). Canva Raises $200M at a $40B Valuation. TechCrunch, septiembre de 2021.
Farrell, S. (2021). Melanie Perkins: The Woman Behind Canva's $40 Billion Valuation. The Guardian, octubre de 2021.
Waddell, K. (2019). How Canva's Melanie Perkins Built a $3.2 Billion Design Empire. Forbes Australia, julio de 2019.
Christensen, C. M. (1997). The Innovator's Dilemma. Harvard Business School Press. Keane, B. (2022).
Canva: The Quiet Australian Unicorn That Took Over the World. Australian Financial Review, marzo de 2022.
Vise, D., & Malseed, M. (2005). The Google Story. Delacorte Press. AFR Rich List. (2024).
Melanie Perkins and Cliff Obrecht. Australian Financial Review Annual Wealth Report.
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